viernes, 6 de febrero de 2015

Volvió



Llegó antes de que la luz cubriera los edificios.
Se le adelantó a la campana en la torre de reloj.
Evadió sigilosamente cada recuerdo tirado por la sala.
De a poco se adentró en las sábanas.
No dijo palabra alguna, permaneció al margen.
Observó con la paciencia de quien nada espera.
Me abrazó por el vientre hasta dejarme exhausto.
Sabía que estaba ahí y ya no había vuelta atrás.

El primer rastro de luz marcó mi piel.
Se reflejó en cada pared como un anuncio de tempestad.
La mirada fija en nada.
Esa sensación de no pertenecer ni saber a dónde ir.
El frío en el piso todavía dilatado.
Todos los escalofríos frente al espejo.
Sed en manos temblorosas.
La sangre coagulada.
Hoy volvió ese vacío al despertar.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Café


La noche anterior no pude dormir. Me acosté sobre la cama y me cubrí con una cobija. Los hombres hacemos eso, por alguna simple razón no nos metemos entre las sábanas si no hay una mujer presente. No todos, no siempre.
La escasa iluminación venía de la luz que alcanzaba a colarse entre las cortinas color marrón que se transparentaban por lo gastadas que estaban. No terminaron de convencerme esas cortinas cuando las coloqué, de hecho les odiaba un tanto pero eran un regalo; aunque, por otro lado, me recordaban mi infancia, cuando colgaba una cobija sobre el cortinero para que mi cuarto oscureciera del todo y poder usar aquél juguete que proyectaba imágenes en la pared. Recuerdo que dormía con él la mayoría del tiempo hasta los 9 años; en ese tiempo sí dormía.
Sin sueño siempre miro fijamente hacia arriba como por instinto, eso y porque acostado boca arriba no tienes muchas opciones que digamos. La débil luz que llegaba al cuarto y era absorbida en los rincones del mismo, me dejaba ver en un tono zarco la figura que formaba el techo en sus contornos; era un trapecio. A veces imaginaba que era un cuadro y las sombras mezcladas con el apagado fulgor que no terminaba de morir formaban la silueta de un ave. Un búho. Entonces me detenía y veía la hora pensando en que ya debía dormir o definitivamente me debía levantar y preparar café para leer. Sólo en una ocasión me he levantado y no preparé café, fui al baño. Luego, como era costumbre de mi mente y mi cuerpo, entre tanto pensamiento aleatorio sin darme cuenta caía dormido en algún punto de mis razonamientos sonmolientos.

Desperté cuando el cielo clareaba más por inercia que por ganas, debía levantarme para apagar el despertador que ponía en la repisa cerca de la puerta o de otra forma seguiría durmiendo hasta el fin de los tiempos que, a mi parecer cada mañana, ya no estaba distante.
Me miré borroso en el espejo, mis ojos seguían rojos desde hace 3 días y al parecer no pretendían abrirse por completo. Deambulé por el pasillo hasta el baño y conseguí abrir la llave para mojar mi rostro. Desperté por completo. Rápidamente me vestí con la primera prenda que encontré en cada cajón, tomé mi abrigo y salí al frío.

Caminé hacia la zona que rodea el parque encontrándome a lo largo de la avenida una pasarela de tonos grises, negros y cafés que cubrían a los transeúntes. La gente me resulta más amable cuando la temperatura baja, con ella al parecer también baja su hermetismo adquirido por lo indiferente que se ha vuelto la ciudad con sus huéspedes.
Frente a la fuente del parque hay locales de comida. Pasé de largo los cafés de cadenas y otros que me parecían honestamente malos tanto por el servicio como por la gente que los frecuentaba: gente del jet set alardeando sobre su vida cual escriba orando en público a las afueras de un templo. Llegué al café al que casi asistía a diario desde que un día por accidente di con él, me acerqué a una vieja mesa de madera y justo en el momento en que mi mano se posó sobre el respaldo de la silla en la que me iba a sentar, me detuve, miré hacia atrás sintiendo algún tipo de fuerza o necesidad que me hacía sentir debía girar la cabeza y descubrir qué esperaban mis ojos o me arrepentiría el resto de mi vida.

Todo alrededor se escurrió en un tono sepía, parecía una foto borrosa excepto por lo que envolvió toda mi atención durante el breve lapso en que me quedé ahí, parado como un poste sin mayor gracia: unos labios rosa que minimizaba el resto del lugar. Alzó la mirada del libro de Isabel Allende que leía, me vio como a una escultura, porque en eso me convertí cuando nuestras miradas se cruzaron; sonrió, acercó suavemente la taza de porcelana con americano a las comisuras de sus labios y después de un sorbo la colocó a lado del pequeño recipiente con leche que estaba sobre la mesa. Regresó la vista a la lectura que dejó pendiente. No supe qué hacer, quería quedarme frente a ella, inanimado viéndola existir; preferí ser parte de la escena y no un espectador. Me acerqué no recuerdo cómo pero cuando reaccioné ya estaba frente a ella. Me senté en el lugar a su derecha, seguía impactado por su presencia en ese lugar. Sonrió de nuevo. Respiré profundo, apreté los puños como tomando fuerza para lograr que salieran las palabras. Mi lengua parecía seca, como si intentará pronunciar una simple oración después de años en coma. Respiré prufundo otra vez. bajé las manos y las coloqué en las piernas; por fin hablé.

—Pensé que no vendrías.
—Te estaba esperando. No sólo hoy, desde el último día.
Hace ya años. No creí verte de nuevo.
Aquí estamos, como prometimos.

Pedí un espresso, el primero de muchos con ella... después de tanto tiempo.

sábado, 27 de agosto de 2011

Coincidencias: Lluvia


Creo que así fue como llegamos a este punto. Te lo aseguraría pero debes tener otra visión al respecto sobre cómo sucedió. No sé, a la gente seguramente le parece que estamos actuando un libreto, que ensayamos para una obra escrita por un dramaturgo de esos que fuman puros, usan bufandas todo el tiempo y se tiran a sus actrices principales a cambio de actuar un temporada en un teatro comunitario; nuestra historia es improvisada y libre.

En realidad importa un carajo la gente estando en este punto -y desde siempre- porque el tiempo nos ha dejado marcas -juntos y por separado- que podemos mostrar con orgullo. No ha sido fácil sanar algunas veces, pero ha valido la pena.

Recuerdo ese verano. La gente ya no se sorprendía tanto al ver cómo comenzaba a llover después de una tarde calurosa, tampoco de una mañana fría en verano; pero todavía no se acostumbraban a ello. Tampoco sospechaban de lo que les esperaba tiempo después.

Para ese entonces tú y yo éramos los mismos -en esencia, quiero decir- pero no nos conocíamos, así como mucha gente no conocía a otra. Aquella viuda no había visto el rostro de los asaltantes que mataron a su esposo, la señora de edad avanzada que vivía cerca del parque que alguna vez buscamos y no encontramos, no había llorado al ver y tocar por última vez el rostro de su nieto. Los ojos de los más jóvenes comenzaban a llenarse de muerte poco a poco, muchos no resistieron más allá de un par de noches; otros preferían cortar sus muñecas antes de enfrentar algo que desconocíamos pero sentíamos más presente que nuestra vida.

Tú estabas con noséquiénes y yo terminaba con nosécuáles. Algo nos conectaba de alguna manera.

A veces me gusta pensar que nos encontramos antes de conocernos en algún punto de nuestra vida, que estuvimos en un mismo lugar sin siquiera mirarnos, iluso uno del otro; como dos gotas de lluvia que escurren por una ventana y coinciden en un momento sin esperarlo, para continuar juntos. Por eso la primera vez en que te vi a los ojos juré que te había sentido cerca antes. Y créeme, no lo hice por impresionarte porque de eso no supiste hasta mucho después…

sábado, 4 de junio de 2011

Writing

No sé escribir, pero trato.

Si todos mis pensamientos terminaran siendo libros que alguien usa para alardear al hablar sobre lo que ha leído, colapsaría mi mente.
Si mis letras terminaran siendo frases que la gente usa para expresar lo que siente o piensa sin hacer un esfuerzo, preferiría quedarme sin palabras.
Si todo lo que escribo se convirtiera en algo admirado e inspirador terminaría por cortarme las manos. No sería yo.

Me gusta saber que no soy escritor, pero podría serlo.









martes, 17 de mayo de 2011

"Fear the Sky"


"A veces me gusta creer que el cielo sangra. Saber -o suponer- que este lugar también siente me hace pensar que no estamos equivocados; que las huellas en el lodo después de la lluvia son recuerdos del paso efímero que, como visitantes, dejamos a manera de historias. 

He disfrutado al brincar sobre los espejos que las nubes dejan regados por doquier, salpicando una pequeña parte del universo sobre todo lo que nos rodea.

Las tormentas recuerdan que la luz se convierte en silencio al diluirse en la oscuridad, como un grito catártico que se convierte en relámpago propagándose en el horizonte hasta consumarse.

El cielo se nos cae a ratos y no queda más que detenerse, cerrar los ojos y sentir cómo una parte de esta vida se nos escurre por el cuerpo buscando el suelo."

lunes, 17 de enero de 2011

Childs Play (Pt. II)

Cuando tenía 11 años escuché en algún programa de revista (del tipo reciclado que se usa como relleno en la televisión local) a una mujer que aseguraba se podía soñar con la persona que uno deseara si se repetía su nombre y se visualizaba su rostro insistentemente antes de dormir. Al menos así lo recuerdo gracias a la entrecortada atención que le di mientras resolvía algún ejercicio escolar que, la monja y profesora que tuve en quinto grado, unas horas antes copió de un libro del gobierno al pizarrón para darle la cualidad de tarea.

Como era de esperar a esa edad, llevé a cabo el experimento mencionado para tener un encuentro onírico con la niña más linda de la escuela según mi percepción y la de otros compañeros que coincidían en la atracción hacia ella; tras varios intentos fallidos entendí lo poco probable (y estúpido) que era tal asunto.
Quizá debo a esa experiencia el hecho de encontrar absurda la expresión “la mujer de mis sueños” que se usa de manera común para definir a aquella con quien un hombre (o mujer) desea estar porque, por ejemplo, es su idealización de amor.

Y no estoy descartando aquello de que los sueños pueden tornarse en reales (en sentido figurado, que conste) pero tampoco concibo el materializar a una mujer, o mejor dicho, el concepto de una mujer “perfecta” que no va más allá de una paja mental. El tiempo me ha enseñado que es preferible una mujer real que destruya las idealizaciones  a un sueño insufrible que no estará al otro día para poder decirle:

--“A veces los momentos juntos parecen un recuerdo onírico; una fantasía en medio de tanta decadencia. Al tocarte sé que esto no es un sueño; eres mi tótem.